Todo está en nuestra cabeza. Me la cubro con un taqiyah, kufi, takia, kipá , hiyab, turbante, da igual, todo está en nuestra cabeza. Y nos cruzamos en la calle y ambos nos miramos con asombro. Te veo disfrazado, tú me ves marciana. Un año en carnavales me disfracé de mora, me conseguí una túnica larga y me cubrí el pelo. Y ahora que lo pienso, qué atrevido eso de intentar caricaturizar a un pueblo entero por sus creencias. ¿Acaso tendría el mismo sentido disfrazarme de cristiana? Lo segundo lo veo absurdo, pero es igual de absurdo lo primero.
Ahora te cruzas en mi camino, con una especie de camisola larga, de cuello redondo, con unas babuchas de cuero puntiagudas y con una especie de gorrito pequeño que te cubre parte de la cabeza. Tan metido en el disfraz, yo tan metida en el mío. Y todo está en nuestra cabeza. Y me explicas que eres de una tribu, de los Fulas, una de las mayores tribus de Guinea Bissau. Que ustedes son musulmanes, que rezan cinco veces al día, que no beben alcohol y que creen en un dios. De repente aparece una chica vendiendo peces, los lleva en la cabeza, ella hoy cree en eso, en vender esos peces y conseguir algo de dinero. Los peces le ocupan la cabeza. Y al marcharse me comentas entre risas, que la chica de los peces es de la tribu de los Mandingo, que ellos creen en los árboles y en objetos, ¡que adoran un árbol! me repites buscando una complicidad momentánea. La encuentras, me asombro y extraño al mismo tiempo, nos reímos juntos de la chica, del árbol y de sus creencias absurdas. No entendemos eso de hacer ofrendas a un árbol. Nos resulta gracioso, y en una especie de camaradería surgida de nuestra propia ignorancia , que es ahora lo que nos une, seguimos intimando. Me hablas de la época colonial, de cuando estaban los portugueses, que te dedicabas a repartir correo militar, pero que tú nunca fuiste militar, que eras civil, pero trabajabas con militares. Me explicas que el servicio militar es obligatorio, que ya lo era entonces y que lo sigue siendo ahora. Y me acuerdo del quinto mandamiento : “No matarás”. Y la de ejércitos que hay por el mundo. Todo está en nuestra cabeza.
De pronto sale un joven de la puertita que separa el taller de costura de la calle. Nos oye hablar de religión, se une a la conversación. ¿Te gustan los Fulas? , ¿quieres ser Fula?- me interroga entre risas. No sé qué contestar. Seguimos un rato más de charla y de pronto me preguntan la hora. Las 14h , respondo. Es la hora del rezo. A pesar de lo ameno del rato, esto no se les va de la cabeza. Me tengo que ir. No quiero interrumpir. Les agradezco la conversación , me despido hasta otro día y los dejo preparando las alfombras en el suelo orientadas hacia la Meca. Me pregunto si tendrán alguna idea de donde queda la Meca, ellos, que lo más lejos que han estado es en Bafatá a 50 km.
Y mientras los dejo en su quehacer cotidiano me voy pensando en lo encorsetados que vamos por el mundo. En lo identificados que vamos con nuestras creencias. Todo lo que no se ajuste a mi realidad mental me resulta extraño, lo ridiculizo, lo critico, me aparto de él. Sin tener en cuenta la riqueza que me regala este hecho de tropezar con cabezas tan diferentes a la mía. Pero nos da miedo. Todo lo desconocido asusta. Tengo que identificarme con lo que conozco. Tener la certeza de quién soy agarrándome bien a mis ideas y pensamientos. Que no se vayan, que no se transformen, que no me las cambien. Esta soy yo y quiero seguir así. Inamovible. Inmutable. Imperecedera. Inmortal.
De camino a casa paso por una mezquita , estoy en un poblado de Fulas. Me acerco a preguntarle a una chica cómo se llega a la calle principal, no encuentro el camino. Al aproximarme veo que entre sus manos teje un taqiyah muy bonito, lo borda a ganchillo. Es de tamaño menudo, me dice que es para su hijo, que anda correteando por ahí. Un niño de unos ocho años. Me quedo maravillada con la belleza de su calado, quiero tocarlo. Impresionantemente bello lo que teje esta mujer. Me enseña varios, todos de tamaño minúsculo, para cabecitas que aún están creciendo.
Le agradezco las indicaciones y me voy maravillada. El mundo no es lo que vemos, el mundo es lo que creemos. En el amplio sentido de la palabra creer- crear. Lo que crees lo acabas creando. Y de pronto siento una magia. Me creo con el poder de cambiar al menos mi mundo. Creyendo de otra manera. Porque al final, todo está en nuestra cabeza.
Maruxa Matamala.
