Que los médicos están quemados es conocido por todos. Que la sanidad pública va de mal en peor con sus largas listas de esperas, la temporalidad del personal sanitario y la falta de recursos personales y materiales también. Que es urgente una nueva dirección en la gestión de nuestro sistema sanitario es sabido de sobra. Ahora, que todo este repertorio de desaciertos políticos – la mayoría voluntarios- de la gestión sanitaria que hemos tenido hasta la fecha en Canarias, sea utilizado por algunos médicos para justificar su apoyo a una huelga en la que, entre otras cosas, reivindican subidas salariales “por todo el trabajo que desempeñan”, pues mira, no.
Cualquiera que haya acudido en los últimos días a los centros de salud o centros hospitalarios habrá podido comprobar, que algunos médicos, siendo una minoría, se encontraban secundando la huelga convocada por el Sindicato Médico desde el pasado 19 de mayo, tras manifestar en un comunicado no haber llegado a ningún acuerdo con la Consejería de Sanidad. Hechos que, por otro lado, desmiente la propia Consejería.
Independientemente de los acuerdos alcanzados, prometidos o no, por esta Consejería beligerante, que más de una vez ha dado señas de la indiferencia que siente por la calamitosa situación sanitaria en Canarias, no dejan de sorprenderme los argumentos de este colectivo de mimados profesionales.
En primer lugar, se quejan de las largas listas de pacientes en atención primaria. De media, cualquier persona que precise ser atendida, tendrá que esperar como mínimo una semana para conseguir cita con su médico de atención primaria, en el mejor de los casos. Diariamente cada médico tiene un listado de aproximadamente 30 pacientes, con un tiempo estimado de 5 minutos por paciente. Esto es un hecho estadístico, pero la realidad es que hay un acusado absentismo el día de la cita que no está siendo tenido en cuenta, tanto en primaria como en especializada. Siendo por tanto el número real de personas atendidas muy inferior al que se reclama. Nos encontramos aquí ante un grave problema de gestión de recursos que enmascara la verdadera magnitud y profundidad del estado de nuestro sistema sanitario y por tanto las reivindicaciones de estos profesionales.
La mayoría de citas actualmente y desde la pandemia son telefónicas y muchas son meramente de gestión, de bajas, prescripción de medicamentos de continuación, seguimiento, etc… lo cuál es una cuestión más administrativa que médica que sin embargo siguen gestionando los propios médicos de forma innecesaria.
Cualquiera que se dé una vuelta por cualquier centro de salud podrá observar cómo se han convertido en espacios vacíos y puertas cerradas, en las salas de espera no hay gente. Otra cosa es la atención de urgencias y las pruebas diagnósticas, lo cuál generalmente es gestionado por el personal de enfermería principalmente y a los que se les podría delegar, como se propuso, la prescripción de cierto tipo de productos sanitarios y medicamentos relacionados con patologías menores, y que ya por fin entró en vigor, y a la que también pusieron pegas en su momento argüyendo “intrusismo profesional”.
Por otro lado y con toda la razón, se reclaman mejoras laborales. Que se cubran las ausencias y que se deje de contratar a personal temporal. Que se garantice la estabilidad de la plantilla. Que se reduzcan las listas de espera. Lo cuál ha sido desoído infinidad de veces por la misma Consejería.
Y a rebufo de todo lo anterior, que tiene más que ver con una negligente gestión sanitaria llevada a cabo por estos gobiernos del despropósito, a lo largo de esta y las pasadas legislaturas, y poniéndolo como pretexto, reivindican mejoras salariales. Que les suban el sueldo. Que viene a ser el verdadero motivo de la huelga convocada a la desesperada dos semanas antes de las elecciones. Y que sí, que todos merecemos ganar más, que si la vida está muy cara, que si la inflación, que si somos la Comunidad Autónoma con los peores salarios, que si las condiciones laborales, que si el derecho a la protección de la salud, etc…Y lo que quieras, pero a la luz de las retribuciones mensuales que recibe cualquier facultativo en esta Comunidad, dato que es público y que se puede consultar desde la página del gobierno de Canarias, y teniendo en cuenta que entre otras cosas, los médicos, entre el resto del personal sanitario estatutario del Servicio Canario de la Salud, fueron los únicos profesionales que recibieron aquellos incentivos salariales, también conocidos como complementos de productividad, con el pretexto de su buen hacer en la pandemia. Que fueron el único colectivo de profesionales en recibir aplausos, no solo desde los balcones, sino convertidos en retribuciones salariales, aplausos que no recibió, por ejemplo, el colectivo de Inspectores de Salud Pública de esta Comunidad, formado por veterinarios y farmacéuticos, que luchó al frente de la pandemia con carácter preventivo desde el inicio de la misma y a los que esta misma Consejería les ha dado la espalda, ninguneado y vilipendiado porque son tres gatos y trabajan en el backstage del sistema sanitario, que viene siendo la parte que no se ve, y por tanto no importa, de la atención sanitaria.
Con todo y tratándose de los actores protagonistas del teatro sanitario que tenemos en Canarias, me pregunto en qué mundo viven y que más aspiraciones tienen estos profesionales de la salud.
Y es que, independientemente de la deficiente gestión sanitaria que observamos y sufrimos todos y todas, que es incuestionable y de dimensiones muy preocupantes, nos encontramos ante la última pataleta en forma de reivindicación de unos privilegiados cuyas prerrogativas se remontan por lo menos a la época del Juramento Hipocrático o más recientemente al Antiguo Régimen. Desde cuando existía aquella división horizontal de grupos dominantes: nobleza, clero, burgueses …y médicos, cuyo mayor merecimiento consistía en la jerarquía, el honor y el prestigio.
En una sociedad altamente profesionalizada y democrática, no se justifica en ningún caso la subida sistemática de salarios a un único grupo de profesionales respecto al resto de la población tal y como se reinvindica, tratándose de un colectivo ya de por sí con unos privilegios inherentes que se remontan a épocas medievales. Y entre ellos, por ejemplo, el poder trabajar en el ámbito público y privado simultáneamente, sin que exista incompatibilidad, lo cuál y de manera muy directa y paradójica, ha contribuido en ocasiones a engrosar esas mismas listas de espera con el objeto de transferir pacientes de la sanidad pública a la privada con un obvio interés monetario. Esta endogamia médico público-privada a su vez, es la misma que genera el desgaste de la propia sanidad pública, con flujos de pacientes de un sitio a otro, en la mayoría de los casos para ser atendidos por los mismos facultativos. Y es que cuando hay intereses económicos detrás se pierde toda perspectiva.
No se trata de minusvalorar ni su labor profesional ni su aporte a la sociedad, pero lo que sí resulta insultante para el resto de profesionales como pueden ser profesores, historiadores, biólogos, cuidadores, bomberos, técnicos de laborartorio, etc… son estas pretensiones retributivas desmedidas y atemporales que están en el fondo del asunto, con el desbarajuste sanitario como pretexto al cuál encima, muchos de ellos, han contribuido.
Teniendo en cuenta que vivimos en el siglo XXI, que nos hemos convertido en una sociedad altamente profesionalizada y democrática, lo justo es romper con esta hegemonía caduca, ser realistas y aspirar a un salario digno acorde a su capacidad técnica, profesionalización y contribución a la sociedad. Y luchar por una gestión eficiente de nuestro sistema sanitario.
Todo lo demás se solucionará con políticas valientes que apuesten de forma decidida por la sanidad pública y la defensa de la misma, de todos sus profesionales y de la integridad de un sistema sanitario del que todos formamos parte y donde no hay actores protagonistas ni actores secundarios, en el que todos somos fracción necesaria de un todo en el que el epicentro sea siempre el paciente y no se pierda nunca de vista esta perspectiva.
MARUXA MATAMALA