Carnaval en Cabo Verde

Me suena a belleza. Mezcla natural. Ver los rasgos de unos y de otros entremezclados en una simbiosis extraordinaria. Negros de ojos claros, blancos de pelo afro, rubios africanos. ¡Qué color!.

MES-es hacía que no sabía nada de sus hijos. Hablo de Faustina, una caboverdiana que retornó a Cabo verde hace unos meses, después de haber vivido durante más de cuarenta años entre Francia e Italia. Me hablaba a ratos en francés y a ratos en italiano, se le había olvidado su lengua materna, el portugués. Era una mujer enérgica. A sus 71 años derrochaba energía y alegría. Pero esta alegría estaba enturbiada, su corazón lloraba. Por el silencio de sus hijos, ausentes en un Francia lejana ya y por su pesada viudedad. -Un compañero es lo que quiero, -me decía suplicante. Lo describía y detallaba justamente como lo deseaba, como si estuviera haciendo un pedido a domicilio. Suplicándole a los dioses. La soledad nos hace creyentes. 

TI-empo atrás había soñado con la realidad que ahora disfrutaba. Abandonar el caótico Paris y afincarse definitivamente en Cabo Verde. Regentar su hotel, vivir a su manera. La vida aquí es pausada. Hacía cuatro años que lo disfrutaba. Que había hecho realidad su sueño. Lo cuidaba todo al detalle y verdaderamente te hacía sentir como en casa. Con el fluir típico de los que están donde quieren estar. Amando y disfrutando lo que hacen. Sin miedo. Atrevida y sonriente. Soñando despierta.

ZA-rpaba el barco rumbo a Sao Antao. La isla más verde y más bonita de Cabo Verde. Se parecía a La Gomera, pero más grande. Reflejo deformado. Como si la vieras a través de  uno de esos espejos que agrandan o empequeñecen. Qué curioso encontrarte con espejismos de lugares únicos. Lugares que guardas solo para tí y que de pronto se te aparecen. Como un oasis. Como una vuelta a casa. Un paréntesis del vivir. Una puerta de entrada a un volver imaginario y personal. Yo y mi isla. Ya no ella, sino otra, pero mía igual, ahora para mí. Tal como la recuerdo. Distinta, pero igual.

JE-ngibre era el ingrediente secreto que siempre le añadía a la cachoupa, plato típico de Cabo Verde. Decía que así se quedaba con  un gusto picante que la hacía deliciosa. Se levantó y nos dejó desayunando. Pareja de franceses de vacaciones, ella parecía mucho mayor que él, aunque en realidad no lo fuera y su aspecto solo fuera el fruto de la agotadora vida moderna de las mujeres trabajadoras y madres. Porque así es esta nueva sociedad (suciedad, saciedad- neciedad), tenemos que hacerlo todo. Sin olvidarnos de ser perfectas. La pobre parecía demacrada y la sombra que le hacía él la avejentaba todavía más. Qué injusta mi percepción, que contaminada mi mentalidad. No veo la realidad, la percibo con los ojos de esta suciedad-saciedad-neciedad.

Cabo Verde es mestizaje, mezcolanza. Todo se solapa y se superpone en una amalgama única y hermosa. Donde lo distinto convive con lo diferente, sumando y haciéndolo más. Es un pedazo de collage tirado en el Atlántico. Tan cerca, tan genuino. Tan ricamente diferente y natural. Tantos mundos dentro de uno solo.

Maruxa Matamala 


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *