Mujeres en Guinea Bissau

Madres, hijas, tías , sobrinas, nietas, abuelas, esposas, compañeras, vecinas, profesoras, camareras…. mujeres todas. Y me impacta cuando las veo agachadas en el mercado con una criatura a la espalda, como si llevaran una mini mochila. Como si se fueran de excursión .Y es solo cuando te acercas que descubres la mochila convertida en rostro , cuerpecito y ojos saltones. Trabajando y amamantando. Cansadas de estar de pie , criatura en mano, espalda o pecho, como si se tratara de una garrapata bien agarrada, como para no dejarla escapar. Con miedo al mundo. Aferrándose a su vida, a esa mujer que lo es todo y lo da todo.

Fuerza, coraje, decisión. Rostro serio de primera, sonrisa dulce y bella después. Me habla apresuradamente en un criollo incomprensible. Acierto a descifrar parte del mensaje. Está sola, se siente sola. Su marido se fue a ganar dinero, a trabajar. Ella se quedó aquí con tres hijos. Meses sin saber nada del marido, tampoco del dinero que fue a buscar. Y mientras viviendo con las criaturas. -¿Te quieres llevar una? -me pregunta. -¿Podría? – me pregunto. No hay nada que deseara más en este instante. Quitarle su mochila y llevármela yo. Mochila de ojos grandes.

Como ella, cientos, miles. Me tropiezo con otra, tiene cuatro hijos , tres son de ella, la cuarta es de su marido, con otra mujer, pero la cuida ella. -Mi marido es un bandido, -me dice ,entre risas pero con mirada triste. La engañó , se fue con otra. Y ella le cuida a la hija que es de otra mujer. Mujeres cuidando de mujeres en un mundo de bandidos.

Las mujeres son fuertes. Trabajan, sobreviven, también bailan. Y cómo bailan. Como si flotaran, como si sacudiéndose así les plantaran cara a la vida, les dijeran a golpe de meneo, conmigo no vas a poder. Dándole un revés a golpe de cadera, al ritmo de la percusión. Gritando por cada poro de su piel estoy jodida pero contenta. Porque una virtud innata de la mujer es la de ponerle al mal tiempo buena cara, la de enseñar dientes a la adversidad y la de ponerse sus mejores galas cuando ya no queda nada que celebrar. Las mujeres parieron el mundo y lo siguen llevando a cuestas. Mundo de ojos grandes.

Señora de pelo cano que se me acerca a hablar para contarme que está esperando a su hija que es maestra.Y después de un monólogo inconexo donde también explica que ella da clases de portugués en la escuela, me sonríe y se va. La del kiosco que lo ve todo, con un gesto de manos en el aire, me dice que no le haga caso, que no está bien de la cabeza, que vive sola y está loca. Pobre mujer. Me invade una congoja. Sola y loca. Y lo que es peor, esperando infinitamente a una hija que nunca llegará, que tal vez nunca existió. De pronto pienso en mi madre. Tal vez también espere infinitamente a una hija que nunca existió.

Una abuela me insiste para que vaya a ver a su nieto al hospital. Que está muy enfermo, que se está muriendo, atino a descifrar. Le explico que no soy médico, que no podré hacer nada por él. Da igual, eres blanca, eres especial. Surge la magia, la superstición. Como si por el simple hecho de ser blanca el niño fuera a tener una cura repentina. Insiste en que vaya. Al final acaba trayéndome al niño para que lo vea. Lo saludo, lo acaricio, le sonrío. Me sonríe. Se sonroja. Es la abuela la que se está muriendo y no el niño; por el niño. Pobre mujer. Y como si fuéramos dos vasos comunicantes, la pena, que es líquida, queda ahora compartida.

Mujeres cuidadoras, mujeres madres y abuelas. Mujeres todas. Te aferras tanto a la vida, que sin quererlo, MU_ERES.

*Este texto fue escrito en Guinea Bissau en enero de 2017.


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