Yendo por la vida a ciegas, de puntillas como para no pisar, para no ser visto, porque no sé muy bien hacia donde me dirijo. Voy dando puntadas sin hilo. Hasta ir viendo lo que va saliendo. Si me va gustando. Mientras voy disfrutando , sin prisa, disfrutando de cada sorbo y de cada retazo. Sin un plan preestablecido, como un lienzo en blanco que se va pintando solo. Se va cosiendo al ritmo del tacatacatacataca de la máquina.
Y entonces se cruza en mi camino un pequeño taller de costureros. Todos hombres, que me extraña, pues en mi tierra las tejedoras siempre han sido en femenino. Aquí no, mundo diferente. Aquí ellos son los que tejen, los que enhebran, los que miden y los que cortan. Tan distinto todo. Mi abuela solía coser, yo me ponía con ella , me enseñó a coser botones desde los ocho años. Desde tan chica le pegaba botones a las camisas o los trapos que me fuera encontrando. Y ahora , ya de grande, comprendí que los trapos que me voy encontrando tengo que dejarlos en el camino, que no merecen ni un botón mal puesto que me haga perder mi tiempo en ellos. Esto también me lo enseñó mi abuela. Qué sabia era. Todo lo que aprendió de la vida sentada detrás de aquella máquina, aguantando trapos y remendando flecos.
Este taller abre desde las siete de la mañana hasta las once de la noche. No paran de llegar clientes, en su mayoría mujeres, con cualquier pedazo de tela con el que construir, hilvanar, dar vida a un sueño de coquetería que no entiende ni de pobreza ni de desarrollo. Porque cualquier cosa puede tener otra segunda vida, tercera o cuarta, hasta un pedazo de tela. Es así como el taller de costura se perfila como una puerta hacia el más allá. Hacia los sueños. Hacia el camino que nos lleva a ser princesas. A soñar durante unas horas en cómo será, cómo nos sentará, lo hermosas que estaremos. Abstracción de la realidad. Volcar toda tu energía durante un instante en lo que no existe. Por unos segundos la fantasía se va cosiendo puntada a puntada hasta hacerse realidad. Es así como estos humildes costureros se ganan todo mi respeto y confianza, pues son unos magos de la irrealidad, hacen tangible lo que es invisible a los ojos. Cosen sueños en cachos de telas rotos. Dando doblemente vida, a estas telas y al atrevido que las porta. Porque hay que ser valiente para querer tener una segunda vida. Para pedir una segunda oportunidad, para empezar de nuevo. Hay que ser valiente para ir tejiendo nuestro destino sin vacilar. Hay que atreverse.
Dar puntadas sin hilo es mucho más sencillo, sin riesgo, sin miedo a equivocarnos. Durante la primera hora llegan cuatro mujeres. Todas de diferentes edades. Todas con las mismas exigencias hacia el mago que les cose. Lo quiero para ya. Vine ayer y todavía no estaba terminado. Me dijiste que tardarías dos días. Nos frustramos. Quiero un cambio, hacer con lo viejo algo nuevo, y lo quiero ya. Lo impacientes que nos volvemos cuando tenemos claro el objetivo. Y lo rápido que se nos olvidan las puntadas sin hilo que hemos ido dando por el camino.
Maruxa Matamala

