Adama
Adama

Ella es Adama. Salió de Gambia, su tierra natal, huyendo de la inestabilidad política del país hace unos meses. Al igual que ella miles de gambianos cruzaron la frontera y abandonaron todo. Muchos de ellos llegaron a Senegal y otros muchos llegaron a Guinea Bissau. La porosidad existente en estas fronteras favorece el tránsito de gente, la mayoría de las veces sin control. 

No tenía aquí ni familia ni conocidos. Nunca había estado aquí. Pero fue el único sitio en el que pudo encontrar un poco de estabilidad. Llegó en octubre, acompañada de su marido y de su hijo. 

Y nos encontramos por casualidad. Me fascinó su sonrisa y empezamos a hablar. Le brillan los ojos. Y sostiene una bandeja de plátanos en la cabeza. No quiere venderme nada, solo quiere hablar conmigo. Me agarra del brazo y paseamos. (Le brillan los ojos). Magia en su mirada. Y quedo hipnotizada al escuchar su historia. Me parece increíble la sonrisa con la que me habla al tiempo que me cuenta cómo llegó hasta aquí. – Si ves mi cuarto lloras. – Me repitió un par de veces y me insiste para que vaya a visitarla, no tiene por qué ser hoy, tal vez otro día. Quiero que seamos amigas, eres especial, vi tu luz al cruzar la calle. – Todo esto me dice Adama, me emociona.

Adama vende plátanos por la calle. Pero los plátanos no son de ella, no tiene finca ni apenas un pedazo de tierra en el que plantar algo. Los plátanos se los da un señor cada día, a cambio de un par de CFAs diarias. Tiene que vender esos plátanos que no son de ella para llevarle el dinero a este señor. Pienso en la tiranía del hombre con el hombre. Me lo explica un par de veces, me cuesta entenderlo. Adama vende su tiempo vendiendo los plátanos de otro para comprar un paquete de arroz diario que es lo que come. Adama es una esclava. – Si ves mi cuarto lloras. -Con esto compra arroz para su marido y su hijo que esperan por ella cada día.

Me abraza, me sonríe. Luz en su mirada. Me fascina esa espontaneidad, ese temple, esa aceptación total de la realidad. No tiene fecha de regreso. Las cosas en Gambia ahora están más estables y hay mucha gente que ha retornado, pero de momento ella no puede. Para ella el tiempo no existe, -“volvería mañana mismo si tuviera el dinero para comprar el billete”- Su vuelta dependerá de la cantidad de plátanos que venda. Huyó de un tirano y acabó dependiendo de otro. Este pensamiento me conmueve. La admiro. Quiero contagiarme de ella, tan bella cuando sonríe.

Adama no sabe cuántos años tiene. El tiempo no existe. Cuando huyes solo existe el futuro incierto. Las realidades casi nunca son como imaginamos. Vino a Guinea Bissau porque esperaba encontrar una vida mejor. Mejor que la que tenía en Gambia y acabó en un cuarto “que si lo ves, lloras”. Huimos con  sueños, con esperanzas, con miedo y la vida nos da otras cosas. Huimos de tiranos, de la guerra, del conformismo, de lo establecido, de la infelicidad, de la dureza del vivir, de la prisión del alma, del hambre, del hombre, del miedo, de la violencia, de la soledad, de nosotros mismos… Y en la huida, nos encontramos.

Maruxa Matamala


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