
Viajé hacia Bubaque en busca de un hechicero del que me habían hablado. Después de recorrerme casi trescientos kilómetros en una barca llegué a esa especie de paraíso escondido entre palmeras, cantos y misterio. Preguntando por las estrechas calles que conducían hacia el puerto llegué hasta la casa del hechicero, un lugar llamado Saldomar.
Saldomar es una isla dentro de una isla. Un paraíso escondido escoltado por efigies de madera que sin esperarlo tomaban vida y te hablaban. -Pasa, no tengas miedo- Me invitó el hechicero a entrar a esa especie de edén atemporal en el que el futuro y el pasado no existían. Maravillada con la belleza que me rodeaba y mientras miraba estupefacta al hechicero, éste me ofreció un té de hierbas. Las cultivaba él mismo. Y las regaba con agua de un pozo desde el que se oían cantos de sirenas. Tenían beneficios y propiedades mágicas que me fue explicando a lo largo de mi estancia en la isla. Desde este lugar recóndito podían verse unas aves muy hermosas, barcos de colores cargados de alegría y contento y las mejores panorámicas hacia otras tres islas inhabitadas por humanos en las que, decía la leyenda, reposaban los dioses de la tierra a los que se les iba a hacer ofrendas de tanto en tanto. Estaban estas islas fuera de todo espacio y todo tiempo. Lugar virgen y sagrado , como sacado, cortado, robado, atravesado, por el mismo cielo, dando lugar a una dimensión recóndita y misteriosa en medio del Atlántico. En esta gloria vivía el hechicero.
Vivía con un mono, una cabra, un gato, un perro y una estatua de ébano que renacía y volvía al movimiento embelesado por el fuego que salía de un enorme horno hecho de caracolas. Cada día la casa se llenaba de visitantes. Gentes de paso o curiosos que buscaban su ayuda, consejo o que simplemente querían probar sus delicias culinarias, pócimas y brebajes. Muchos traían problemas muy difíciles de resolver. Otros estaban perdidos y no sabían cómo habían venido a parar a esta isla. Otros estaban en busca de algo que desconocían lo que era. Y otros muchos huían de algo y no sabían hacia donde dirigirse. Era aquí cuando el hechicero y sabio a la vez les hablaba desde el corazón. A veces hablaba con palabras, otras veces parecía imitar sonidos de la naturaleza. Con frutas y verduras mágicas cogidas de su huerto les daba para que comieran, bebieran y reposaran. Y si necesitaban también les daba un sitio donde quedarse. El hechicero cuidaba y escuchaba, entendí que por eso la gente venía.
Y fue así como el hechicero me ofreció su casa para quedarme. Me instalé sin dudarlo en ese remanso de paz. Descubrí en el hechicero una persona noble y cercana. Y conviví durante aquellos días con todas las criaturas de esta isla, Saldomar.
Al segundo día apareció una mujer vestida con una falda de paja y pecho al aire. Era así como solían vestir las habitantes de esta tierra, las mujeres Bijagós. Sonrisa pintada en el rostro. Piel y ojos brillantes. Su presencia imponía, pues no se trataba de una habitante cualquiera, era ella Boullema, la princesa de la isla de Orango que enamorada de la estatua de ébano venía cada día a ofrecerle matrimonio. Era así como se hacía en Bijagós, archipiélago matriarcal donde es la mujer a la que se le da el poder para hacer esto, para elegir. Cada día venía, y cada día la estatua se quedaba petrificada, sin poder reaccionar ni articular palabra ante semejante honor y privilegio. Pues eran las mujeres de esta isla respetadas y temidas, pues se consideraba que al igual que podían dar vida, también podían dar muerte.
Hablamos y hablamos durante horas y días colgados de los árboles. Era el hechicero un hombre sabio que conocía mucho el mundo. Del mundo conocía remedio casi para cualquier cosa. Me habló de formulaciones aún desconocidas para el hombre, de sangre de escorpiones azules provenientes de otras islas, allá por las Antillas, de mezcolanzas de jugos cítricos contra la malaria y otros parásitos. Preparaba jabones de cenizas que te hacían volverte invisible como el humo. Me resultaba fascinante todo lo que contaba y de cómo descubrió esta isla. De cómo la vida nos tiene un destino para cada uno y el suyo se encontraba en Saldomar.
-En este lugar puedes ser cualquier cosa,-dijo – objeto, animal, sonido, sensación , pensamiento o idea. Puedes ser tú o yo, o nadie o todos. Se trata de un lugar en el que no existen las etiquetas, en el que se te rompen los moldes, no existen reglas. Nada se crea y nada se destruye, todo es, en la maravillosa armonía del dejar ser. Tierra que te invita a ser, siéndonos. Y de pronto me hice humo contemplando al infinito mientras me duchaba en medio del jardín, asediada por aquellos dos grandes árboles que me miraban, susurraban incluso, murmuraban, mientras me frotaba con aquel jabón de cenizas. Me volatilicé y me hice nada y todo a la vez en aquella noche estrellada. En aquella isla dentro de otra isla se rompieron mis etiquetas y mis formas y por primera vez en mucho tiempo fui yo.
Al día siguiente amanecía como cualquier otro día. Pero no era otro día cualquiera. Era otro treinta de abril. Día que celebro el nacimiento a la primera vida de todas estas vidas que he ido atesorando. El día de mi cumpleaños. Desde bien temprano el hechicero, que por algo era mago, sabiendo ya la simbólica importancia de aquél día, había organizado con su amigo el elfo un viaje hacia un lugar sagrado dentro de la isla. Nos dirigíamos hacia la playa de los guerreros salvajes. Una de las más hermosas y vírgenes de los alrededores. El camino era serpenteante y tortuoso. La espesa vegetación lo cubría todo y centenares de árboles de cajú delimitaban e impedían el acceso. Cruzamos decenas de baobabs y en el decimoquinto girando ochenta grados hacia la derecha se encontraba la entrada hacia la playa. Solamente se escuchaba el sonido de los pájaros y de otras aves y criaturas voladoras. El ambiente te hacía soñar, te hacía creer que habías llegado a la eternidad.
No salía de mi asombro ante tanta belleza. Agua cristalina, vegetación y naturaleza en estado puro. Silencio, paz. El mismísimo edén.
No tardaron en aparecer los guardianes de estas tierras. Los guerreros salvajes. Hombres en miniatura que parecían niños de once años. Gestos y mirada fría. Cubrían sus rostros con arena, iban desnudos y se acercaban desafiantes. No me moví. Permanecí inmóvil con la mirada hacia el suelo mientras hablaban en un lenguaje incomprensible. El hechicero les ofreció zumo de tamarindo y vino verde. Es así que nos sonrieron, tomaron las bebidas y se fueron.
Pasamos todo el día en aquél vergel inigualable, en aquél pedazo de cielo en la tierra. Rodeados de belleza infinita. Fundiéndonos en ella y siendo ella. Belleza tribal.
Ya casi al anochecer y al regresar a casa, el hechicero preparó una ofrenda para la diosa del árbol. Era esta diosa la protectora y cuidadora de los sueños. A la que te tenías que encomendar si querías que estos se cumplieran algún día. Nos aproximamos al árbol cogidos del brazo. Nos acercamos y le murmuramos unas frases en el lenguaje de la isla. Después escupimos cada uno un poco de aguardiente en las raíces y la diosa despertó. Y ahí estando de rodillas, la diosa del árbol me habló. Era hermosa y se hizo grande. -Pídeme tu deseo- me dijo. – Volver algún día a esta isla- musité. Abracé fuertemente sus piernas convirtiéndose éstas en tronco de nuevo.
De pronto noté una fuerte sacudida en la cabeza. Y es ahora que me despabilo en medio de esta playa. Estoy sola y lleva horas dándome el sol. Tengo aspecto de no haber comido ni bebido durante días. ¿Dónde estoy? ¿y dónde está el hechicero? ¿será que me han secuestrado los guerreros salvajes? A lo lejos gritan mi nombre. Una ambulancia suena remota. Me incorporo sin apenas fuerzas y desconcertada. Me siento débil, me caigo. Sólo quiero tumbarme. Me siento pesada, me duele la cabeza. Se esfuma todo de mi recuerdo como si de un delirio se tratase. No hubo paraíso, no hubo Bijagós. ¿Es Saldomar una creación de mi imaginación y el hechicero un desafortunado desvarío?. Me recogen incrédula y rápidamente me administran suero intravenoso.- Hemos llegado a tiempo, casi la perdemos- atino a oír.- ¿Cómo habrá sobrevivido?- Ha tenido que hacer fuego, le huele el cuerpo a cenizas, seguro que el fuego la ha protegido del frío.
Delirio o realidad la vida me lo mostrará. En Saldomar a la diosa del árbol la noche que cumplí años, yo le pedí regresar.
* Con mucho cariño a Melchor Rivera.
Maruxa Matamala

