
Estaban los dos en un minimarket el domingo por la tarde. Ella pedía hortalizas mientras él me miraba de reojo. Yo esperaba en la cola. Las luces eran demasiado brillantes. De pronto pensé que lo que miraba él era el corrector de ojeras que minutos antes me puse apresurada en el baño. Quería disimular mi mala cara. La que tengo un domingo por la tarde después de no haber salido en todo el día. Bajé a por agua y me pinté los ojos. Es una costumbre que tengo desde que recuerdo. Nunca salgo a la calle sin maquillarme, es como si saliera desnuda. Me genera un falso empoderamiento el simple ritual de tapar mi cara. De aparentar lo que no soy. De ponerme una máscara para encarar al mundo. Aunque sea ir a por una simple botella de agua.
Sin embargo el tipo que me mira está desaliñado, pelo canoso, barba de unos días, también tiene bolsas en los ojos. Pero está tan natural. Él si puede y yo no.
En este gran anfiteatro que es la sociedad, en el que se habla de la libertad de la mujer, siendo esta tan solo un fino velo metafórico que oculta la realidad que vivimos cada día, me siento esclava. Esclava de unas modas impuestas y cargadas sobre mis hombros y sobre los hombros de millones de mujeres en el mundo. Ese velo de la libertad oculta la presión mediática y el canon imposible de belleza impuesto a la mujer, al igual que cada día oculto mi rostro con el corrector de ojeras. Unas ojeras que ponen de manifiesto el hartazgo de mi cuerpo. Como si de un modo sutil intentara revelarse, reflejándome un rostro cansado, agotado. De modas absurdas, de desigualdad, de corsés y lencería fina para ellas, que se ponen para ellos.
Se nos llena la boca hablando de libertad, de liberación de la mujer, ahora votamos, trabajamos, somos independientes, decidimos, hablamos alto y claro. Se nos deja hablar pero no se nos deja ser. La mujer es la pieza fundamental de este espectáculo llamado capitalismo. Una pieza angular en la sociedad de consumo. Sometidas a cánones imposibles de alcanzar estamos constantemente consumiendo. Pero libres. Libre de ajustarte al prototipo de mujer que más te guste, con tacones, sin tacones, rubia, morena, gorda o delgada. Lo importante es que no seas tú, que te amoldes a lo que te damos, a lo que te vendemos, para que sigas comprando y la rueda no pare.
Tu libertad es tu verdugo.
Mi libertad es mi verdugo.
Me he dado cuenta de que no compré pan. Y en una serie de movimientos totalmente inconscientes , voy al baño, me miro al espejo, me sacudo el pelo, me pellizco las mejillas, me repaso los labios, cojo las llaves y bajo a la calle.
Una sonámbula dentro de mi cuerpo, mi cárcel. Una esclava del espejo. Insatisfecha, insegura, mutilada y sumisa. Pero libre.
*Con cariño a ellas, bellas.
Maruxa Matamala
