-¿Qué ves?- Una carretera larga e infinita, contestó. – Mi camino, -continuó con vehemencia. 

Y un día, decidiste seguir con tu camino, sola, valiente y suficiente. La vida siguió su ruta hacia el infinito, donde se pierden las miradas más allá del horizonte. 

Y llegados a este alto en el camino, anhelamos lo que fuimos, lo que quisimos ser , lo que imaginamos que seríamos. 

El anhelo es el sentimiento que queda, lo atemporal. 

Anhelo la que fui. Más joven, más risueña, más confiada. La dispuesta a todo, a embarcarme en grandes caminos sin final ni destino. Lo importante era sentir sin preguntar. 

Anhelo el que fuiste, rebosante de energía, espontáneo, confiado, vital.

No fue amor, fue deseo de amor todo el rato. A él le faltaba valor, ella dio media vuelta y se alejó. Él se quedó inmóvil mirando al pasado. Borroso y difuso. Pero palpable todavía en su memoria.

Él recuerda una época pasada, como si mirase a través de un cristal empañado por el tiempo. La puede tocar, la puede sentir al final de su derrota. Evoca un pasado reconstruido, no real. Patrimonio intangible.

Ella recuerda una época pasada. Descascarillada. Con la pintura levantada por la memoria y el paso del tiempo. Hay tonos marrón oscuro en su memoria.

¿Y acaso no es, la imposibilidad del amor, el triunfo del amor al mismo tiempo?. 

El amor siempre fue, nunca es. Es lo que queda. Se nos escapa entre las manos, como agua derramada. Como la sangre de Cristo, la vida eterna.

Maruxa Matamala


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