Fuimos dos islas a la deriva en medio de un gran océano que nos agitaba desde dentro y nos escupía con fuerza. Como dos lenguas de lava cuando alcanzan el mar y se condensan paulatinamente, emitiendo gases y sedimentando a su vez, formando así parte de la tierra.

Y la tierra nos empujó con fuerza hasta alcanzar la superficie. Volátiles fluimos y nos enfriamos al mismo tiempo convirtiéndonos en roca. 

Si una colada riolítica se enfrió rápidamente, puede convertirse en obsidiana. Si queda con burbujas de gas, la misma lava puede formar pumita. En cambio, enfriándose lentamente, forma la riolita. Explicaban una vez en un documental a medio día. 

Y con todo nuestro río de lava ardiendo colina abajo, ambos buscábamos el mar. El cambiar de estado, del líquido al gaseoso. Y nos convertimos en sólido. En roca. Impenetrable e invulnerable. Formando así dos islas que flotaban en el mar. Que se acariciaban, se acompañaban y se miraban. 

Esas dos islas fluían al ritmo de las olas. Y se observaban desde la distancia. Sintiendo a su vez ese fuego interno, de roca negra, de magma originario. Sin importar si éramos obsidiana, pumita o riolita. 

 Porque a pesar de todo veníamos del mismo magma, yo era tú y tú eras yo, que nos mirábamos siendo dos cuando en realidad solo somos uno.

Maruxa Matamala


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