Acabo de llegar, no han pasado apenas ni veinticuatro horas y la simple idea de pasar todo el fin de semana solo me desconcierta. No conozco a nadie, he venido desde muy lejos y ahora necesito estar con gente. No sea que esta distancia, elegida, deseada, de repente se me caiga encima.
Tengo que mantenerme distraído, ocupado, entretenido. No quiero pasar ni un minuto solo. Sin pensar, con la mente en blanco. Con tiempo para mí. Creo que no lo soportaría. Vivir deprisa, hacer cosas sin sentido, pero hacer, no dejar de hacer, no parar. Qué miedo me da el parar, el detenerme, el sentirme todo yo. Escuchar los ecos que me conforman, que me habitan, que me hablan desde mí mismo hacia mí mismo. No quiero, no lo soportaría. Quiero ruido, música, gente, salir, hablar, buscar, no detenerme. Y así se me pasa la vida. Huyendo de mí, en busca del ruido que impida ese contacto, esa visualización, ese espejo.
Llevan tres meses de relación, se les ve juntos cada día. Trabajan juntos, comen juntos, duermen juntos. Una pareja. Un todo en cuestión de días. Mutuo acuerdo no hablado, pero respetado por ambos. Solo quiero que hagas ruido. Que estés ahí, cada domingo incierto y cada hora desocupada en la que algún pensamiento pueda cuestionarme quién soy. Quédate. Haz mucho ruido. Dentro de dos meses,cuando ya no esté, buscaré ruido en otra parte.
Son las diez de la noche y un manto auditivo me envuelve. Oscureció hace ya un buen rato. Pero es ahora cuando más se escucha. La ciudad ha disminuido su actividad, está hacia sí misma, es ahora cuando el “cri-cri-cri” resuena en mis tímpanos como si de una batucada se tratase. Según la RAE a ese sonido se le llama “grillar” y realmente es un canto, más concretamente, una estridulación. Producida por los machos al raspar sus alas anteriores y las patas posteriores en el proceso del cortejo sexual. Me quedo imaginando todo este movimiento del insecto sobre sí mismo mientras leo la definición. Pienso en la palabra psicomotricidad. Siento como si toda la ciudad hubiera sido tomada por un ejército de grillos. No puedo dormir por el ruido, me despierto unas cuantas veces, el sonido es tan estridente que ni el cansancio acumulado del viaje me ayuda a conciliar el sueño. Cortejo sexual. Ruido. Necesito dormir.
Hoy he ido al mercado de Bamdim como cada domingo, esto está empezando a ser costumbre. Necesitaba naranjas y de paso comprar alguna tela para hacer un vestido. Tengo una reunión la semana que viene y quiero llevar algo más de por aquí. No tan africano, pero tampoco tan europeo. A ver qué se me ocurre en el costurero. Atravesar el mercado es toda una aventura, cientos de personas negociando, regateando, comprando, paseando, pollos, gallinas, perros, aceite hirviendo en la acera, botellas de plástico llenas de combustible, verduras por el suelo, ropa de segunda mano amontonada y gente rebuscando, preguntando por talla y por precio, gente cruzando, pitas, me agarran del brazo, me giro, sigo andando, recambios para móvil, a la derecha un grupo de musulmanes que se disponen hacia la Meca, son ya las 14, la hora del rezo. “Branca», “branca”, “amiga”, “sehnora”,”banana”, “banana”, zapatos en la acera, los traen en grandes contenedores, son de segunda mano, vienen de Europa, después aquí los lavan bien , o no, y los venden por mil CFAs. Me acuerdo de que el viernes vi un gimnasio, me gustaría apuntarme, tienen clases de boxeo, pero no me traje zapatos de deporte, pienso en los de segunda mano por mil CFAs. Continúo por Bamdim, llego a la rotonda del Carracol, mi favorita, pura vida. Esto es África. Mucho ruido, vida en estado puro.
Llevamos todo el fin de semana sin luz. A veces pasa eso, la cortan en toda la ciudad. Hace unas semanas nos pusieron generador en la casa. Somos unos privilegiados. Se va la luz y no pasa nada, lo enciendes y de pronto si cierras los ojos es como si estuvieras arrancando una avioneta. Vuelas por un segundo. A la velocidad de la luz. Imitar el sonido de una avioneta para conseguir lo intangible. Lo invisible para los ojos. Oír a cambio de ver. Sentidos. Y es a través de los sentidos que nos anestesiamos a nosotros mismos. Siento, luego existo. Mientras siento no pienso. No me busco, no me encuentro.
Y al fin arranca el ventilador, me iba a morir de calor. De calor o de silencio. Necesito escuchar ese aleteo de las aspas en mi cuarto. Necesito ruido.
Maruxa Matamala